No boten al mimo
Silencio total.
Le he dicho que me muestre su licencia (un poco fastidiado).
Solo una leve respiración es percibida.
Déme su permiso! (más enérgico).
Al frente hay una estatua humana, inamovible, impávida.

Estos dos municipales no entienden que cuando un mimo se mete en el personaje nada ni nadie interrumpe su trabajo, ni siquiera un mísero pedido de mostrar su licencia o permiso del municipio para poder tener el honor de pararse en la esquina de una plaza por un par de horas. Y es que éste mimo no puede defraudar a la decena de infantes que lo ven atentos mientras los dos municipales intentan echarlo. Ellos solo quieren que el mimo cambie de posición y buscan unas moneditas en sus bolsillos para que todo vuelva a la normalidad. Pero no es posible, los hombres vestidos con camisa celeste insisten en querer desalojar al mimo pese que ahora ya encontraron la bendita licencia a sus pies, al lado del sombrero que acoge las monedas de su público.
Solo puedes estar aquí los viernes, hoy es sábado, tienes que irte! (vocifera el otro).
Los rostros de los pequeños empiezan a cambiar del desconcierto a la tristeza. La del mimo no, continúa mirando el vacío con una sonrisa congelada a lo Mona Lisa. Se escuchan otras voces de protesta, esta vez de los padres de los niños, resueltos a defender el derecho de sus hijos a disfrutar del espectáculo, y de paso, a quejarse por la ineficiencia del municipio en otros temas de mayor importancia donde solo se cruza de brazos o se inmoviliza. Como el mimo.
Déjenlo! Él no está haciendo nada malo, no ven que los niños están mirando.
Además, es cultura!
Para eso sí tienen gracia, por qué no actúan así de rápido para los trámites.
Cada vez hay más personas alrededor del mimo y los municipales, pero nadie da monedas, solo elevan sus protestas. Los viejitos que acostumbran a sentarse en la plaza también han venido, hasta las palomas han cambiado su lugar siguiendo a aquellos que maíz en mano buscan saber por qué tanto alboroto.
Los municipales se están yendo, casi con la cola entre las piernas, llevando la noticia que no ha sido posible limpiar de mimos esta plaza. Todo vuelve a la normalidad. Los infantes piden más moneditas a sus padres, de 10 céntimos basta para que por obra y gracia celebren un nuevo movimiento del hombre de cara blanca. Para sus padres queda el poema impreso en el papelito que les viene de regalo, enrollado, emulando un pergamino minúsculo. El mimo ha cambiado de postura, pero su sonrisa se mantiene intacta, ya no es fría ni forzada, hay satisfacción en ella, hay esperanza.
Foto: José Luis Cabello (Cuaderno del profesor)
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